Lema 2014

El propósito de la comprensión es ayudar a los demás

“Amar es escuchar, para llegar a comprender (…) el que

no escucha nunca se pone en el lugar del otro”

 

Vivir esa dimensión de la caridad que se llama comprensión, consiste en mirar a los demás por dentro de sí mismos, sin juzgarlos desde afuera con juicios que cosifican a los demás, que los convierten en objeto. Comprender es ponerse con humildad en la posición del otro, mirarlo en toda la dimensión de su persona, sin magnificar el aspecto que nos parece molesto o incómodo. Es saber pasar por alto flaquezas y errores, tan humanos, ayudar a corregirlos sin herir ni maltratar. Es preocuparse por hacer la vida agradable a los demás, sembrar afecto, paz y buen humor en el entorno de una convivencia amigable y cordial. Esto exige el esfuerzo de penetrar en la mentalidad, motivaciones y modo de ser de los otros, como si nos pusiéramos debajo de su piel, en su lugar, en vez de juzgarlos fríamente de acuerdo con nuestros propios esquemas.

De esta manera podremos gozar con sus alegrías y sentir como propios sus dolores; experimentar sus necesidades, ayudar con discreción, corregir sin exasperar, persuadir con razones adecuadas. El egoísmo es el mayor obstáculo para este puente de comprensión, porque encierra a cada uno en sus propias conveniencias y puntos de vista, haciéndose incapaz de llegar al corazón, a la verdadera intimidad que reclama nuestra solidaridad profesional y laboral.

 

Junto con la comprensión es necesario que sepamos no dar trascendencia desmesurada a las pequeñas ofensas que podamos recibir en el roce diario con los demás. Cuando nos parezca haber recibido un agravio, pensar, que quizás la otra persona no tuvo intención de hacernos daño, de herirnos. Que se trata seguramente de un descuido o precipitación. No es bueno acumular rencores: esto es más bien propio de corazones mezquinos, de mentalidad estrecha.

 

No deberíamos cerrarnos al perdón, acumulando sentimientos - “estoy sentido o sentida…”- que quitan la paz personal y la roban a los otros. No permitir que nuestra alma albergue la miseria del rencor. Evitar toda respuesta hiriente, sarcástica, ofensiva. Ofrecer disculpas, pedir perdón; solicitar el perdón de nuestras equivocaciones, con sincera humildad y nobleza.

 

Atentamente,

 

GERMÁN MILLÁN FRANCO

Rector

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